Sentimientos idénticos en grandes y pequeños.

A todos nos cuesta la vuelta a la rutina, a las normas, a las obligaciones… y cada uno de nosotros lo expresamos de una manera diferente.

Resulta gracioso al contemplar a los niños cuando entran al cole después de las vacaciones. Muchos niños va a rastra, otros lloran nada más ver el cole, la mayoría se agarran a las piernas de los padres o a la misma cancela. Los que no lloran no paran de bostezar y de refregarse lo ojos, el caso es resistirse a lo que es un hecho, “las obligaciones”. Si las vacaciones son de verano tenemos el periodo de adaptación en la medida de lo posible.

El caso es que cuando te pones a pensar en nosotros los adultos, pasa lo mismo.
Obviamente no lloramos cuando suena el despertador o cuando tenemos que entrar en la oficina, pero la verdad es que ganas no nos faltan. Contamos como locos los días que nos quedan para tener un puente, una fiesta, la reducción de jornada o las venditas vacaciones. El caso es que tanto a pequeños como a grandes las obligaciones nos matan.

¿Pero quién las lleva mejor, ellos o nosotros?

Una pista, cuando los niños salen del cole, lo hacen con una enorme sonrisa, están contentos porque han visto de nuevo a sus compañeros y le han contado a la profe todo lo que han hecho en las vacaciones. A nosotros nos pasa lo mismo, pero a la inversa, salimos del trabajo con el semblante serio, también hemos visto a los compañeros, por llamar así a muchos y sobre todo pocas veces o ninguna, le contamos al jefe como nos han ido las vacaciones.
Siniestros, coches averiados.

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